25 enero 2009
Hice malabares, intentando lidiar con mi dolor y mis errores. Probé también a terraformarme en mis aciertos. Me he vuelto agua, pasta de papel que se cuela por el váter a cada una de las lágrimas. De esas ha habido demasiadas. Y no lo entiendo porque hace demasiado me enraicé solamente a sonreir y todo esto lo ha barrido como al polvo. Existe mucha tristeza en todos los finales, pero a este hay que sumarle la locura y restarle todo aquello en lo que creí querer. En lo que erré ya hace tantos años, y todo lo que di. Nada como ahora o nunca, a cada momento cruel o pesadilla. Y creí aprender. Y me timó la vida o no sé si el corazón. Pero lo que más me duele, agarrándome el costado, es que ni mirándote a los ojos quisiste ver mi sangre.
14 noviembre 2008
Hueco
Siempre quise escribir como sentía en la cabeza. Plasmar, sin la necesidad de ese crudo y tenaz esfuerzo, todos los repiqueteos in-ce-san-tes que a veces amenazaban con abrirse paso a través del cráneo. Mucha gente no quisiera nunca verse así, como un libro abierto abandonado en cualquier sofá desvecijado, expuesto a todas las miradas de un museo o embalsamado en el interior de cualquier vitrina, con un sinnúmero de focos muy interesados en dejarlo ciego. Papel, decía. Mojado o resquebrajado por el paso del tiempo y el exceso de aireación. Pero yo, incluso cuando mi voz no se quebraba en la vigésima sílaba y tenía oxígeno para compartir vivencias, siempre desee tener una mirilla en la cabeza. Quizá entre las cejas, a la altura de la nuca o en alguno de los párpados, para ganarse un beso. Previo ticket y en sesión concreta, claro. Una atenta mirada y todo claro, mi espalda libre de esa carga y mis sentimientos desperdigados en cualquier otra mente, haciendo las sinapsis adecuadas, compartiendo mano a mano con un latido de aquí, un latido de allá. Y a salvo del viento. Ahora, mientras busco ordenar todos mis recuerdos intento también que todo tenga un sentido un poco más vívido, concreto. De esa realidad que a veces se nos muestra, o parece que mostramos a nuestro pesar. Cogí todos aquellos cuadernos de cálidas palabras y amaneceres gélidos y mezclé los puñales que cosieron mi garganta y mis labios a una mueca de indiferencia. Anudé los rebordes de la carne abierta con las caricias que me hicieron sentir unido a alguien alguna vez. Creé un collage extraño.
Una mezcla de diversidad y de locura que nadie, ahora ni siquiera yo, alcanzó a comprender.
Una mezcla de diversidad y de locura que nadie, ahora ni siquiera yo, alcanzó a comprender.
29 octubre 2008
22-10-08
Sólo persigues la muerte.
Sólo dejas cenizas.
El aire que me falta por tragar,
plagado de polillas,
ya era mío.
Atrás sólo queda esa
negrura que te engulle, que
esgrimes callando.
Estos son los penúltimos minutos que te espero,
que desaparezco sin verte:
al fondo la esperanza sólo puede hacer
un chiste de la propia incertidumbre
y por fuera se me cierran los ojos.
Sólo buscas la muerte.
No ha existido un paso por delante en este baile
que luchara por algo,
que prendiera algún día
con un par de ilusiones propias.
29-10-08
Sólo buscas la muerte, digo, espada en mano,
sonrisa gastada, suspiro triste, ahogada
de caricias.
Sólo persigues la muerte.
Sólo dejas cenizas.
El aire que me falta por tragar,
plagado de polillas,
ya era mío.
Atrás sólo queda esa
negrura que te engulle, que
esgrimes callando.
Estos son los penúltimos minutos que te espero,
que desaparezco sin verte:
al fondo la esperanza sólo puede hacer
un chiste de la propia incertidumbre
y por fuera se me cierran los ojos.
Sólo buscas la muerte.
No ha existido un paso por delante en este baile
que luchara por algo,
que prendiera algún día
con un par de ilusiones propias.
29-10-08
Sólo buscas la muerte, digo, espada en mano,
sonrisa gastada, suspiro triste, ahogada
de caricias.
16 octubre 2008
Caos
Es el humo cuando se enreda en los párpados.
Después de ocultar uno o dos pilares. La muesca en la pared.
He contado escalones hacia arriba y hacia abajo. Como la hora de morir,
o de nacer.
Sin quedarse aquí, cerrar los ojos sin descanso.
Hay velos que se rompen con sonidos metálicos.
Hay un agujero por el que he de pasar,
creo que he visto un hilo que podría atarse.
Un rugido extraño en la cabeza, un ruido vacilante en el estómago.
Una pieza que se escapa y que rompe la ventana.
Cinco despedidas, veinte besos suaves que se mueren de pena,
manos que acarician. Dedos que recorren las grietas de mis muros
y ojos que no las reconocen.
A veces me sorprendo con las manos en el suelo,
tengo barro en la cara y no puedo limpiarme.
Sólo con la arista vuelve el aire, el hueco en la ventana,
el pelo empapándose de lluvia y nada en los zapatos.
A veces sale cara la osadía de esperanza. Pienso en eso con las tripas.
Las cejas, como el aire, distraen el tiempo con recuerdos ligeros.
Las venas me preguntan por ti. A veces por mí y entonces tiemblo.
Por todos los silencios que se engullen a sí mismos
cuando hay una canción que no nos habla,
o todo el intestino parece una serpiente victoriosa
y yo una cueva hueca que se enreda en los colmillos y los ojos.
Prefiero, dije, la muerte, a reinos mundanos o nimios.
El miedo pone rápido su firma en la pared,
y sé que tengo que proteger recuerdos. Recordar sentidos.
Cerrar los ojos con descanso, asomarme a la ventana,
sorprenderme con las manos en tu pelo,
acabar este poema con más ganas de besarte.
Después de ocultar uno o dos pilares. La muesca en la pared.
He contado escalones hacia arriba y hacia abajo. Como la hora de morir,
o de nacer.
Sin quedarse aquí, cerrar los ojos sin descanso.
Hay velos que se rompen con sonidos metálicos.
Hay un agujero por el que he de pasar,
creo que he visto un hilo que podría atarse.
Un rugido extraño en la cabeza, un ruido vacilante en el estómago.
Una pieza que se escapa y que rompe la ventana.
Cinco despedidas, veinte besos suaves que se mueren de pena,
manos que acarician. Dedos que recorren las grietas de mis muros
y ojos que no las reconocen.
A veces me sorprendo con las manos en el suelo,
tengo barro en la cara y no puedo limpiarme.
Sólo con la arista vuelve el aire, el hueco en la ventana,
el pelo empapándose de lluvia y nada en los zapatos.
A veces sale cara la osadía de esperanza. Pienso en eso con las tripas.
Las cejas, como el aire, distraen el tiempo con recuerdos ligeros.
Las venas me preguntan por ti. A veces por mí y entonces tiemblo.
Por todos los silencios que se engullen a sí mismos
cuando hay una canción que no nos habla,
o todo el intestino parece una serpiente victoriosa
y yo una cueva hueca que se enreda en los colmillos y los ojos.
Prefiero, dije, la muerte, a reinos mundanos o nimios.
El miedo pone rápido su firma en la pared,
y sé que tengo que proteger recuerdos. Recordar sentidos.
Cerrar los ojos con descanso, asomarme a la ventana,
sorprenderme con las manos en tu pelo,
acabar este poema con más ganas de besarte.
25 agosto 2008
No he tenido tiempo de pensar en la entrelínea, tu presencia.
Sentir, así, se vuelve constante.
Es un pulso árduo hacia la vida y dicen por ahí que en los descansos suenan todas las alarmas.
Yo pienso que le falta un sombrero en la pared, una música a través de la ventana.
Que le sobra ese momento suspendido, que se quiebra hacia ninguna parte.
Y todos los besos que se quedan en el aire.
Y ahora estoy aquí, con tu olor desprendiéndose en algún lugar de la memoria
y un hueco enorme a tan solo 3 metros.
Una pared, 100 km, 30 horas.
Sentir, así, se vuelve constante.
Es un pulso árduo hacia la vida y dicen por ahí que en los descansos suenan todas las alarmas.
Yo pienso que le falta un sombrero en la pared, una música a través de la ventana.
Que le sobra ese momento suspendido, que se quiebra hacia ninguna parte.
Y todos los besos que se quedan en el aire.
Y ahora estoy aquí, con tu olor desprendiéndose en algún lugar de la memoria
y un hueco enorme a tan solo 3 metros.
Una pared, 100 km, 30 horas.
He probado todas las maneras de morir.
Ahora sólo me queda sentarme (la vista fija en ninguna parte,
las manos agarradas a los pies). Clavarme poco a poco.
A mí y a ti, como los peores filos, que se acaban en las manos.
Escupiendo sangre sin saber dónde ha pegado ese golpe o cómo
la ternura agoniza en un suspiro gris, que te araña y se va volando.
No necesita correr, porque sabe que no nos quedan fuerzas.
Dos para gritar y golpear los muros,
que se embisten con silencios y coronas de flores secas.
Absurdas letanías de colores apagados me congelan el pecho.
El estómago, plagado de demonios, detiene el corazón.
Las manos siguen agarradas a los pies y, aunque el fondo es un océano de sangre desatada,
hasta aquí no llega ni un murmullo que te nombre.
Ahora sólo me queda sentarme (la vista fija en ninguna parte,
las manos agarradas a los pies). Clavarme poco a poco.
A mí y a ti, como los peores filos, que se acaban en las manos.
Escupiendo sangre sin saber dónde ha pegado ese golpe o cómo
la ternura agoniza en un suspiro gris, que te araña y se va volando.
No necesita correr, porque sabe que no nos quedan fuerzas.
Dos para gritar y golpear los muros,
que se embisten con silencios y coronas de flores secas.
Absurdas letanías de colores apagados me congelan el pecho.
El estómago, plagado de demonios, detiene el corazón.
Las manos siguen agarradas a los pies y, aunque el fondo es un océano de sangre desatada,
hasta aquí no llega ni un murmullo que te nombre.
07 agosto 2008
Algo gris, como en una inercia, me empapa la vida.
A qué este brillo metálico, ese roce tibio que crispa.
Sin luna no hay abrazo que dure tres minutos,
pensamiento que no pierda la voz.
Este rugido del color de la sangre,
este pinchazo sordo que me araña la cara y los labios.
Esos de besar.
Ahora, despierta, sólo he de contener fantasmas
anidados en la punta de la lengua,
escondidos en la parte más vital del corazón.
Un, dos, tres... sábanas rotas.
Un, dos tres...
No quiero esos ojos de mirar al suelo,
con palabras disparadas sin pulso (pero justo al Centro).
Cuando otras, desvaídas,
se deslizan a mi lado sin llegarme
y no tengo ni el valor ni la certeza de bajar la mano.
Tengo un corazón que late.
Un, dos, tres.
Mudo de extrañeza y desconcierto.
A qué este brillo metálico, ese roce tibio que crispa.
Sin luna no hay abrazo que dure tres minutos,
pensamiento que no pierda la voz.
Este rugido del color de la sangre,
este pinchazo sordo que me araña la cara y los labios.
Esos de besar.
Ahora, despierta, sólo he de contener fantasmas
anidados en la punta de la lengua,
escondidos en la parte más vital del corazón.
Un, dos, tres... sábanas rotas.
Un, dos tres...
No quiero esos ojos de mirar al suelo,
con palabras disparadas sin pulso (pero justo al Centro).
Cuando otras, desvaídas,
se deslizan a mi lado sin llegarme
y no tengo ni el valor ni la certeza de bajar la mano.
Tengo un corazón que late.
Un, dos, tres.
Mudo de extrañeza y desconcierto.
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