
Llueve, llueve en Santiago…
Caen como mil lamentos todas las palabras, los recuerdos sepultados en la piedra centenaria. Todas esas lágrimas, esas gotas de lluvia golpeando la estación, los momentos que aún cercenan el pecho sin poder entenderlos. Llueve, rompiendo en fragmentos el aire, los restos de cordura. Ahogando en llanto abrazos que no serán dados, todas las partes de mí, de ti, que se perdieron en la nada. En este cementerio donde sólo existen muertos y flores marchitas. Sólo flores marchitas y millones de lágrimas. Piedra y recuerdos. Frío y agua. Si pudiera disolverme con el llanto, arrepentirme de las formas de mi pecho, odiar las tuyas. Hilar con la rueca, maldita rueca oxidada, del destino de estos días un encuentro que no naciera roto. Un momento desprendido de la sangre, no manchado por mensajes y por actos tan ajenos, tan extraños, que conforman confusiones y disparos que envenenan, triste y claro, el corazón y la palabra.
Si pudiera creer, entre huellas y tropiezos, que este grito silencioso en mi garganta encuentra el eco en la verdad de tus labios…
Que todo esto es la mentira, un mal sueño donde aún quedan abrazos. Encontrarme en un espejo tu reflejo, quebrar la mueca del absurdo en un olvido que quedara en el ayer, y no para mañana. En una señal que me explicara en manos que, en vez de dañar, aún supieran de mis formas siendo fieles a las propias.
Si pudiera dejar de llover, aquí, en Santiago…
pero gota a gota, lágrima a lágrima, sólo cubre mi cuerpo este silencio, esta desgana. El no encontrar respuesta ni salida a tanto fraude de mi nombre, sin respuesta que me aleje de un puñal caído y triste defendiendo mi memoria.Yo no quiero ser ese filo inmenso, esa extraña que golpea en mí, cuando tus ojos, presos del dolor de tu propia historia, tejen para mí entre telarañas, como una muerta, una quimera.
Un desvarío, un cosido tras cosido al corazón, en el que no sabes dónde queda la ilusión, la propia y la ajena. Donde no puedes encontrar las fuerzas para sortear todas las piedras, o negarte día a día el miedo y la zozobra. A qué realidad obedecen todas las lanzas, qué eres tú mismo en la memoria de quien pierdes, y te pierde, cuando no hay espejo capaz de reflejar el sentido necesario. Triste es el camino, hierba de dudas y vientos de rencores.
Y después de todo sólo queda agua donde ahogarse. Tristeza y flores marchitas. Un olor a muerte que te acuna entre sus brazos. Pasos que se alejan. Espejos que se rompen en pedazos.
Y lluvia, aquí, en Santiago…

10 comentarios:
"Cuando no queda nada ya mejor que la lluvia ..."
Sabina: "Malas compañías"
Aunque nada mas hermoso que la plaza de la Catedra bajo una lluvia torrencial que aturde los sentidos y repiquetea en los fosos de la memoria...
Le cedo mi paraguas... a mi me gusta mojarme.
Ayer me mojé y no sé cómo no tengo pulmonía.
Los paraguas son para los moderados, así nomás.
Firma: pdi algo dogmática e irracional.
Mnemosine: Sí, es hermoso, pero existen lluvias que se filtran y calan demasiado.
P.d.I: Yo ya pesqué alguna que otra enfermedad por esos remojones estupendos y, aunque a veces ejerzo de moderada, reconozco que hay lugares y momentos donde me importa muy poco mojarme. Además, los paraguas no suelen durarme demasiado, creo que es el objeto, con creces, de los que más ejemplares he perdido a lo largo del tiempo. Freud diría algo así como que en realidad no me gustan nada y subconscientemente lo que hago es ir dejándolos tirados por ahí. Vamos, que el olvido no es más que un mecanismo del antojo. Aunque a saber qué otro tipo e explicación engendraría.
Saludos a ambos,
Yo ejerzo de moderado siempre que el temperamento me permite no traicionar esa línea de conducta, pero debo reconocer que salgo a la intemperie bajo más de un aguacero paraguas en mano. Y, casi como una metáfora, el paraguas permanece cerrado y asido en la mano crispada como si uno fuera la sota de bastos, mientras el portador se moja. Destino de paraguas el de las intenciones de mucho ser humano, que son una prevención inútil contra las sorpresas que el tiempo (tal como el clima) nos tienen reservadas en cada nueva decisión cuando salimos a la calle en sombras.
Ahí se ve en la foto, si no yerro, la catedral de Santiago, con una de cuyas fachadas un abuelo mío tenía cierta fascinación tan grande -él decía- como la que ejerce la lluvia delgada y persistente, esa lluvia de cinematógrafo que revive a la piedra añeja y la muestra eternamente suspendida en el tiempo...
Me pregunto qué tengo que hacer aquí, justamente ahora. Quizás buscaba un rincón donde estampar algunas frases hechas de recuerdo, desconcierto y nostalgia. Quizás tengan algo que ver con tu entrada...
A mí Freud me cae mal, pero entraríamos en una charla, que la verdad, yo no tengo ganas, y terminaría diciendo pavadas (con seguridad).
Prosiguiendo con los paraguas; habría que establecer la relación de los mismos y el universo, yo no conozco persona a quien no se les rompiera o en el momento más importante no funcionen o no los encuentren.
Es cosa de mandinga, dirían por mis pagos.
P.D. Sostengo, para moderados.
¡Uhmm! Don Alfredo, gesto unamuniano donde los haya. Tendría que buscar la explicación que da el estrambótico (y por ello para mi tan querido) personaje de "Niebla".
Ignis Fatuus: hay una curiosa paradoja en todo esto. Existe el impermeable que nos cura de la fina lluvia, pero cuando ha pasado cierto tiempo éste se convierte en pírricas gotas que vuelven a traspasarnos hasta que encontramos o eso creemos el impermeable que nunca nos abandonará (parece una metáfora de un mal anuncio, sic)
Alfredo, como siempre el subconsciente aprende primero. Deberíamos observar atentamente lo que hacemos con los objetos y saber que es lo que representan para nosotros. Las fotos no son mías, pero sí; y Santiago tiene algo de nostalgia, que a veces enamora y, a veces, te emborrona, te vuelve lluvia. Es difícil quedarse indiferente si eres algo permeable.
P.d.I, a mí Freud también me cae bastante mal pero da para alguna que otra explicación pintoresca a la que tampoco hacer mucho caso.
Mnemosine, últimamente tus comentarios aparecen en el mismo instante en que se me da por empezar a teclear! y...prefiero ser permeable, hay remojones que no sientan nada mal. Aunque a veces uno decida retirarse al cobijo de un gigantesco paraguas.
Un saludo a los tres,
Ubicuo que es uno (Del lat. ubīque, en todas partes:
2. adj. Dicho de una persona: Que todo lo quiere presenciar y vive en continuo movimiento.)
Sigo porfiando en que siempre hay que mojarse (incluso bajo techo).
Envidio tu lluvia compostelana, en esas tardes enormes con olor a madera, piedra y humedad.
Olvídate del paraguas. Todo buen gallego sabe que es impermeable.
Unha aperta.
Tienes razón, a ciertas lluvias, sí...
Aunque se dice eso de que en Santiago la lluvia es poesía y llega un momento en que uno se cansa de estar tan calado de tamaña "belleza" ;-)
Outra aperta pra ti.
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