
Cristina es amiga de las garzas. Lo descubrió el año pasado, cuando entre números, trabajos, madrugones y veladas entre amigos cogían telescopios y sonrisas para ir al mar, y apostarse en la playa durante horas, compartiendo el regocijo silencioso de la arena, el del frío, el de algunas horas muertas que se vuelven recompensa. Un trabajo valorado, teñido de ilusión que golpetea en el pecho, que te hace desear prorrogar esos momentos y te abriga los mañanas con destinos.
Cris sabe estar ahí, más allá de los pelos y las plumas, te hace cálidas presencias y aparece, sin buscarla ni esperarla, a borrar con un café o algunos planes las ausencias más silentes e inconscientes de ti mismo.
Nuestra amistad empezó con un objeto, esos absurdos que se dan sin pensar, que los “mecheros de amistad” se convierten en un guiño tras los días, almacenados con cariño en los estantes, ya sin gas y sólo llenos de recuerdos.
Esos momentos en la sierra de Cazorla donde puedes decidir a quien sonríes, y nosotras tan distantes en el enredo en que, a veces, la vida, coloca en distintos cabos simpatías, sonreímos. Compartiendo tienda y carcajadas, furgoneta y viaje con algunos accidentes tras el intermitente caprichoso de ese Yoda más que cuestionable…
Después vinieron más. Hace poco encontramos la mirada fugitiva de una corza a pocos pasos reflejada en nuestros ojos, bajando de una montaña seis piernas cansadas de aguantar los mismos pesos de los que, sin dudar, rehuían.
Cris cuida ahora osos marinos, pelícanos y monos que tienden a la cleptomanía. Y sabe muy bien que los animales más peligrosos son, sin embargo, los que siempre están sueltos. Que lo peor son los lenguajes comunes que no se comparten. Ver la estupidez de la ceguera recurriendo a estratagemas de zoológico para enseñar. Para aprender. Para no perder la sonrisa por lo que no escoges, ni partirte la cabeza demasiado por saber con quien estás cuando estás en una jaula llena de fieras.
Ésta es la tercera acuarela de Cris, me la regaló, aunque también me dio un mechero blanco, que a su vez, yo le regalé en su día. Tiene una marca negra. Para que, me dijo, en su piso, nadie lo confundiera con cualquier mechero.

2 comentarios:
Existen pocas personas que me hagan pensar que he encontrado una de esas amistades que no se olvidan, que por mucho que pase el tiempo va a estar ahí, a la que le deseas lo mejor, de la que no esperas nada excepto que se acuerde de ti.
Hace un tiempo que en mi vida existe una de esas amistades, una chica, a la que llamo María la Rubia, que es capaz de remover todo mi cuerpo con unas pocas palabras, capaz de hacerme recordar momentos buenos y malos, a la vez que se me eriza todo el cuerpo y mi cara brilla con una gran sonrrisa.
Desgraciadamente, María no sonríe como antes, son cosas que ocurren en la vida a las que nunca nos acostumbraremos, que hacen que una persona pierda esa seguridad que mostraba en un principio, que se tiene que recuperar como sea. Duele cuando ves a una persona capaz de todo, destrozada por esas cosas, y lo peor de todo es la impotencia de no poder ayudarla.
María, espero que recuperes pronto esa confianza en ti misma, esa capacidad de comerte el mundo si lo deseas, que se ponga de nuevo en marcha esa vitalidad, esas ganas, esa fuerza que tienes y que necesitas.
Recuerda que todo pasa y depende mucho de ti que pase cuanto antes, pero es más, antes pasa al sentirte querida por esas personas que no se pueden olvidar de ti, como es mi caso.
Nunca te olvides de que estoy ahí, y lo estaré siempre.
No creo que consiga en ti el mismo efecto que tus palaras hicieron en mi, pero no me importa, sólo me importa que vuelvas a sonrreir.
De mechero a mechero, te quiero.
Joder, me has dejado sin palabras.
Espero que vaya todo muy bien por los Madriles, ya sabes dónde tienes un huequito cuando vuelvas, que ya queda poco.
Una sonrisa, sólo para ti.
Publicar un comentario