Cuando la vida nos atrapa con forma de canción puede llevarnos a los bailes más hermosos y pacíficos, los compases más abiertos, más sanos, más armónicos con la vida. Cuando nos engancha con formas de confusión y demonios nuestro propio corazón se retrae dentro de su cáscara. Y es entonces cuando, como ahora, añoro los paisajes más frondosos, los más verdes, los almohadones que te permiten disfrutar el día a día solo, y en compañía. Cuando el corazón se debate entre sonidos metálicos, de puñales-pesadilla, pocos huecos quedan para sus Momentos. Para el camino del medio. Y es entonces cuando todo se diluye en el silencio, y los extremos conforman el nudo perfecto que adorna la garganta.
Existen muchas cosas que no pueden decirse con un beso, con un “te quiero”. Yo afianzaba mis últimos pilares en la, ya resquebrajada, seguridad inocente del que piensa que delante del cuchillo no podría existir una palabra amable, un abrazo. El último reducto, el último pedazo de honestidad tácitamente pactado. Pero no existen límites para el horror humano, dicen, para la sonrisa que crees sonrisa cuando te clava los caninos en un extraño gesto de “amor” al más puro estilo Nosferatu. Es entonces cuando te planteas, de nuevo, el alcance de tus creencias, la estúpida y pasada confortabilidad de la fe. La realidad en lo que tus ojos quieren ver.
Existen partes de mí que aún quieren creer, unificar los hemisferios de la mente, enlazarlos en algún extraño ritual que desconozco, de ceguera (?) e ilusiones. Una llave que desentrañe los misterios de mentira y decepción que dan candado a esa férrea prohibición de autoengañarte. Cuando te joden esas cuatro notas de inocencia, se vuelve complicado darle vueltas a la espera, no quemarse la cabeza con el fuego que recuerda hasta el olor de tu piel muerta. Hay caminos que no pueden desandarse; uno no puede explicarse como un conjunto de poco sólidas personas deseosas de dejarse querer como una sola. Pisarse dos veces los pasos hacia ninguna parte. Andar en círculos mientras hablas del presente. El presente no es un hueco negro y ruin atrapado en espirales. Uno anda hacia alguna parte, aunque no se de cuenta…
Mientras mis pasos me confunden las proclamas de espiral enamorada me enloquecen la cabeza.
Y mientras mi corazón añora, absurdo y asustado, acallo los gritos de mis vísceras condenándome al silencio. Como quien se muerde la lengua, como quien se olvida de que morirá mañana. Y después del melodrama aquí largado, un Momento, una canción en “solitario”, un instante impagable de placer con y por uno mismo. Un tú a tú con el bosque y las montañas.
A mí, en este instante, esa imagen me lo dice Todo sin recordarme a nada…
P.D: El individuo en cuestión ni se inmutó al pararnos a su lado y fotografiarlo. Si es que cuando uno está centrado y disfrutando no existe mosca cojonera capaz de romper el encanto.
21 agosto 2005
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