17 agosto 2005

Gritos perdidos en el roto de un saco

Esos fotomatones del quince son capaces de despellejarte el alma,
porque el recuerdo pesa más que laca verde en la pared
que cera hirviendo sobre mis muñecas,
que se filtra como gotas de puñetera lluvia
(esa que me cala traspasando el jersey)
sorteando las barreras más tristemente hermosas.
Las niñitas de la madre del invento
que parió los presentes desolados
y los lunes disfrazados de domingo.
Del ya se acabó, del hoy es tarde,
del mañana travestido con ayer
y la luna nueva del final de los finales.

Esos viernes matizando la semana,
ya no hay lágrimas que caen sobre el papel,
solamente los inviernos más hermosos
son capaces de llorarte sin querer.

Cuando pienso sin pensar que te imagino,
y me descuerno el cráneo sin faltarle un casi.
Suspendida en el vacío menos metafórico
más azul y cotidiano
quiero despertar.
Y volver a esa mentira de ilusiones
que, encantada, me dejan respirar
en añiles y ocres que se funden en los ojos
a las doce de la noche, como un cuento
que te hace sonreír sin usar los labios
ni te ensarta el corazón en los cajones.

Así que voy a imaginar que ya no estoy,
que ya me he ido.
Que de tanto encalarme la cabeza
y bailar con más de dos historias inconclusas
casi consigo olvidarme del bozal que ya tiré,
de las cadenas que quedaron en ayer.
Ni voy a arañarte ni vas a romperme
en mil pedazos que se alejan de la luz.
No voy a quedarme, ni voy a esperar
a nadie que me espere tras mi espalda.

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