09 agosto 2005
Condiciones
Tenemos condiciones aunque no sepamos reconocerlas, aunque deseemos que sean otras las que nos conformen, las que hablen de nosotros ante nosotros esperando que sean ellas las que traigan de la mano los sueños que, pensamos, les corresponden. Yo tengo muchas, a veces las reconozco en el mismo día en que debí tenerlas en mente, cuando los ojos deben abrirse más allá de lo normal, las cejas constriñen un poquito la frente y por dentro nos golpean palabras como “eso no, eso no…”. Maldita tolerancia. La esgrimimos todos para evitar que no haya nadie que pueda salvarnos. De la vida, de la espera, de nosotros mismos.
A veces quiero creer, todavía, que oscuros lazos se enredan ante mis ojos hoy día ciegos, que un día desataré los nudos, uno a uno, suave pero rápidamente, como quien por fin ha encontrado la llave indicada y después de un largo día llega a Casa. Yo perdí un Hogar, un Camino… perdí hasta los papeles. Y ahora eso, ese poco reconfortante y lejano oasis, me parece incluso claudicar, mentirme, saborear las mieles de una posible victoria inexistente ante el veneno que me late en la consciencia. No lo quiero. Pero no sé cómo deshacerme de él sin que me ahogue la hipocresía.
Hay momentos en los que me sorprendo sintiendo, un espacio de irrealidad muy intenso, pero muy frágil. Me sobran los puños para despertarme sin pasión, para cuartearla con mil golpes de recuerdo y confusa indiferencia. Para ahogarme con cinismo después de hacerlo con dosis de extrañas y dulces pociones que día a día cambian de ingredientes.
En este momento de la perra vida me entiendo menos de lo poco que entendía a los demás. Antes me quería, ahora no me odio por no dedicarle mi tiempo ni a pensarlo. Por vagar sin rumbo o por todos los caminos.
Todos nos ponemos condiciones. Para vivir, para morir, para seguir sintiendo. Todos tenemos condiciones que no se cumplen. Nos dejamos violar las ilusiones por nosotros mismos. Es entonces cuando toca equilibrar lo elevado de nuestras miras y la bajeza de nuestros pasos. En qué es la tolerancia y qué la permisividad. En dónde coño metemos el culo cuando luego, en soledad, y después de desplegar carcajadas que crees sinceras, te descubres deseando llorar todo aquello en que creíste porque, de repente, su recuerdo te asfixia.
Yo siempre quise pedir una sola cosa pensando que a buen entendedor, pocas palabras bastan. Una palabra que puede contener todas aquellas condiciones a las que no puedes ponerle nombre: coherencia.
Con ella quizá esquivas el peso de la realidad por exceso de confianza, pero también de egoismo y autocomplacencia. Obsérvame a diario, Compréndeme y no te pediré nada. Una carga de un esfuerzo considerable que en realidad no se puede pedir, y sucede o no (¿en una casi inmensa totalidad?) por sí mismo. Supongo que entonces más me vale el silencio. El deseo silencioso de que nadie se traicione a sí mismo, haga lo que haga conmigo, para que entonces al menos, el resto, pueda decidirlo yo.
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3 comentarios:
Me acordé de un poema de Mario Benedetti (mil veces cuestionado, él te puede gustar como escritor/poeta o no) en donde dice que siempre le decían que por qué escribía así, que sin duda tenía condiciones. Y el decía que prefería ser obvio y ser él. Bueno, no sé si es el ejemplo más ilustrativo, pero, aparentemente (eso dice la gente en la calle), el desafío más grande es el ser uno mismo. Y si te estás haciendo todas estas preguntas es que vida adentro hay (ergo, no hay problemas Houston).
Yo podría ser responsable y acá estoy.
Saluditos.
Creo que el problema más grave es que te encante ese desafío de ser uno mismo y exista ese momento en el que te sorprendas demasiado como para narrar tus propios pasos.
Seguiremos por aquí, desafiando al hiperespacio...
Un saludiño!
siempre digo que el estar en problemas es estar vivo. cuando todo este bien, cuando todo este en orden, eso seria la muerte.
vivir es una lucha! (como diria carlin)
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