28 junio 2005

La cicatriz es bella

Todos tenemos nuestras rarezas, nuestras peculiaridades más o menos enfermizas. Desde mi punto de vista, de todas las huellas, firmas y señales que nos va dejando la vida, la cicatriz es la que más –aunque muchas veces sea obra del azar- habla de nosotros mismos, de nuestras experiencias, nuestros hechos, nuestras posibles pequeñas peleas con la vida. Incluso nuestro modo de ganarnos el pan o un pequeño mapa físico de nuestros contactos más recientes –o intensos- con los pequeños seres vivos que nos rodean. Para mí, además, en un límite bastante amplio de proporción y localización, es algo sexy. Oh sí, cualquiera podría –incluso yo- empeñarse en diseccionar tamaña filia alegando simplicidades biológicas, como por ejemplo, que la visión de un ente masculino cuajado de cicatrices podría ser una “señal honesta” instintivamente heredada de mis ancestros por la cual podríamos detectar qué macho presenta unas aptitudes más o menos reveladas para batirse, una tendencia a luchar para conseguir una supremacía que por el momento no ha llegado ni a quitarle la vida, ni las ganas de seguir luchando por su título de líder. Una buena colección de grietas ya selladas podría mover a deducir que el tipo en cuestión es una apuesta de futuro, una genética portentosa, una progenie prometedora, unos recursos casi indudables, una protección a todo riesgo prácticamente asegurada. También pudiera ser que fuera un verraco sin cerebro que echara por tierra todas esas leyes naturales y parámetros tan fiables a nivel evolutivo y etológico, pero eso sería otro tema. Y estadísticamente muy mala suerte.
Y después de todo esto: No, mayestático. Porque o mucho han cambiado las cosas a estos niveles antropológicos o en mis genes se fragua el germen narcisista y guerrillero de un homínido peludo y belicoso. Es decir: yo me siento sexy cuando veo una cicatriz, aunque sea pequeñita, insignificante, en mi piel. La miro, la remiro y pienso si el resto de los mortales la percibirán o es que mis ganas la hacen crecer delante del espejo. Aunque visceralmente - son muchos años intentando entender muchas de mis conexiones mentales- comprendo el por qué de ese extraño placer salvaje en la contemplación de algo instintivamente cruento, no encuentro todos los cabos verbales a la hora de explicarlo, ni siquiera a mí misma. Creo que influye el hecho de que todos mis personajes favoritos, con los que más me he sentido identificada, han sido siempre aventureros triscando por el mundo adelante, propensos a dejarse tatuar el cuerpo por vegetal, animal o mineral– quiero creer que mis sentimientos de personalización predominantemente masculinos en estos temas son casuales y producto de un error social proyectado en el séptimo arte-. Que toda mi vida he deseado coches teledirigidos–y no muñecas-, que me he pasado horas practicando con tirachinas y cometas para, lo reconozco, intentar ser “mejor” que cualquier otro de la zona, llevara lo que fuera entre las piernas. Que me han gustado chicos a los doce y mi placer era encontrar su admiración al ganarles más canicas o subirme más alto a los árboles y no porque mi pelo fuera rubio y se liara, largo, entre sus dedos. Creo que siempre me ha gustado enredar con esa parte animal que todos llevamos dentro, acariciarla, cuidarla y luchar. Asumirla.
He soñado con muertes que cualquiera calificaría de horrendas, presa de las peores fieras, deseando ese tipo de fin adrenalínico y brutal antes que la planicie de esperar una, de ser sorprendida por cientos de otras que, para mí, serían “cualquiera” y - si alguien me entiende y capta sentimientos inexpresables entre líneas- más angustiantes.
Me viene a la memoria aquella escena de Indiana Jones –parte x- en la cual pedía besos allí donde sus heridas, tras cien aventuras en hora y cincuenta y violentas persecuciones, dejaban huecos. Transpongámonos del cutre ejemplo, eso es El Descanso del Guerrero. Los picos de breves valles donde, entonces, sí mereces Descansar, y que te pille la muerte. Que te quite lo bailado, lo vivido. Es entonces, cuando respirar pausado no te mete prisa. El simbolismo de la cicatriz concentrado. Pero sí, tiene muchas ramas… Esa sería la facción asquerosamente romántica con tintesde salvaje para lo propio. El atractivo que supone en carne ajena supongo que sería explicable por algún tipo de proyección. Todos queremos hacer nuestro lo que nos gusta, nos gusta lo que desearíamos tener para nosotros, queremos estar dentro de lo que nos gusta y viceversa. En fin…
Sólo tengo dos cicatrices que podrían considerarse visibles para los que no practican ese gesto, a veces invisible, de recorrer la piel ajena a hurtadillas con los dedos y pararse en suaves desniveles, y observar finas marcas en contraste, como las líneas de la mano extendidas por el cuerpo. Que hablan de nosotros, de nuestros pasos, aventuras, riesgos, conflictos y momentos. Mucho más cerca de nosotros, que esos supuestos libros que en las palmas nos forjó el destino antes de empezar, incluso, a tropezar, a tropezarnos. Para mí son hermosas. Tanto como el azar al ponerle nombre.

3 comentarios:

Dra. C.Felinus dijo...

hazte un tatuaje, kes una cicatriz poco azarosa.
cada vez k lo leo me mola mas, aunk por el medio te vas un poco de la olla.
ailofiu cariño,
c.flinus

Anónimo dijo...

Con rumbo aparente, las almas caminan, respiran, "viven", con sedas de piel.
Cuidado debes tener, mas cuando realmente quieras conocer a esas almas , solo atravez de sus ventanas lo podras ver.
te mostraran su cicatriz, como hojas esccritas por un poeta y por fin lo podras comprender.
Lo mejor y lo pero en mi vida son las cicatrices.

principio de incertidumbre dijo...

Bueno, dado lo expuesto tengo un par de candidatos:
1) Scarface.
2) El fantasma de la Ópera.
3) Cuasimodo.
4) Candyman.
5) Casi cualquier pirata.

Yo tengo una cicatriz chiquita en la rodilla, fruto de caerme en las brasas, atraída por el fuego (ejem). Pero me gusta tu concepto. Es como cuando sos pequeño y te lastimás e igual te metés al mar. Hay cierta valentía oculta en las cicatrices. Uno sabe que hay algo más en esa persona.
Me recordó a este poema:

Te amo por cejas, por cabello, te dabato en corredores blanquísimos donde se juegan las fuentes de la luz,
Te discuto a cada nombre, te arranco con delicadeza de cicatriz
voy poniéndote en el pelo cenizas de relámapago y cintas que dormían en la lluvia
No quiero que tengas una forma, que seas precisamente lo que viene detrás de tu mano,
porque el agua, considera el agua, y los leones cuando se disuelven en el azúcar de la fébula,
y los gestos, esa arquitectura de la nada,
encendiendo sus lámparas a mitad del encuentro.
Todo mañana es la pizarra donde te invento y te dibujo.
pronto a borrarte, así no eres, ni tampoco con ese pelo lacio, esa sonrisa.
Busco tu suma, el borde de la copa donde le vino es también la luna y el espejo,
busco esa línea que hace temblar a un hombre en una
galería de museo.

Además te quiero, y hace tiempo y frío.
Julio Cortázar.

Y conseguir alguien inteligente no es cosa de suerte, es misión de los 4 fantásticos.
Saluditos.